Que el odio no nos gane

Queridos hermanos y hermanas nicaragüenses:

Si bien es cierto, Ortega recrudeció sus ataques contra la población nicaragüense y los elevó a niveles insospechados luego del espaldarazo de Almagro (Secretario General de la Organización de Estados Americanos – OEA), quien en lugar de condenarlo directamente, dedicó su tiempo y palabras en contra de una “oposición” de su desagrado, sin considerar que la misma oposición a la que se dirige no son partidos políticos sino millones de nicaragüenses, es decir, el pueblo que sufre el genocidio a manos del Gobierno opresor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, no es momento de esperar un salvador que lave todas nuestras culpas.

No es momento de buscar culpables. La responsabilidad de nuestra realidad actual recae tanto sobre quienes cegados por el discurso populista del FSLN depositaron su confianza y voto para que esto siguiera su curso -muchos de los cuales ya han abierto los ojos; nunca es tarde para abrazar la patria con dignidad-, así como sobre quienes callamos y permitimos que estos niveles de violencia llegaran a su súmmum. No es momento de señalar culpables, porque la responsabilidad es compartida, por obra y omisión. Es, por el contrario, momento de ser fuertes y resistir abrazados todos frente al puño criminal de Ortega-Murillo para evitar su avance.

Hay que llamar las cosas por su nombre: Terrorismo de Estado. Eso vive Nicaragua. Ningún organismo internacional podrá resolver este conflicto, sino nosotros mismos asumiendo nuestros propios errores y rectificando, condenando, denunciando y actuando. El inescrupuloso Gobierno de Ortega-Murillo ha armado a fuerzas paramilitares, ha avalado el crimen de lesa humanidad a manos de uniformados como único medio para alcanzar la paz, una paz ficticia ajustada a su propia conveniencia, y arrebatar así la dignidad y tranquilidad de todo un pueblo. La renuncia de Ortega-Murillo y todos sus discípulos es el único camino inequívoco hacia la paz, justicia y democracia en Nicaragua.

Ortega ha confirmado su desinterés en una solución pacífica a este conflicto. Por el contrario, alienta, en un juego de poder mediante un discurso de doble moral, un golpe de estado que sabe no sucederá porque el cuerpo castrense está de su lado. De igual manera confirma que el diálogo solo fue una estrategia para alargar su estadía y terrorismo. No hay voluntad, nunca la tuvo.

Ningún bien material está por encima de la vida humana, así como tampoco el vandalismo ni la protesta ni la manifestación ni los tranques o como le quieran llamar es justificación suficiente para un asesinato. A Ortega-Murillo hoy solo le quedan las balas y unos cuantos serviles autómatas, pero luego de eso es un esqueleto sin nada que lo acuerpe, y ese débil escudo se le desmoronará más temprano que tarde. A pesar de todo lo que le han hecho a este pueblo, él y sus idólatras, desearles la muerte es ser igual a ellos, su castigo vendrá y no lo podrán soportar porque ningún ciego que abre los ojos puede soportar la luz del día de golpe. Para entonces será demasiado tarde. Que el odio no nos gane. Somos mejores que eso; somos mucho más humanos, mucho más dignos en unidad.

A la violencia, resistimos.

A la mentira, resistimos.

A la doble moral, resistimos.

Al odio, resistimos.

Al orteguismo, resistimos.

Jorge Campos
Mayo, 2018

 


Foto: REUTERS/Jorge Cabrera

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