Antumbra

 

Regreso entre cantos ante la piedra del sepulcro que alguien ha removido y olvidó borrar sus huellas de lento arrastre. Descubro a media luz un cuerpo deshonrado, lindando el clímax de la agonía con la sonrisa de quien despliega con cinismo su largo pergamino inmoral de vida. Apesta a tiempo perdido entre lamentos, entre el humo procrastinador de quien quema su propio mito ante el destino. Solo escucho su voz grave enumerar las guerras evadidas por miedo, por no plantarse con su hacha como hombre hambriento frente a la bestia después de la última jornada. Y de pronto entre jadeos de pájaros, el canto: “No queda piedra sobre piedra aferrada al futuro”. Veo, en cambio, manos arrugadas de tanto estrecharse con angustia, ojeras en su rostro parco de grietas oscuras y una boca reseca que temo tocar. Algo más ha devorado su cuerpo roído desde donde se intrusa la luz, y no lo sé. “¡Qué sé yo de bondades y esas estupideces morales!”, dice echándose tierra en la boca con desquicio. Lo cierto es que nada quedará dicho en estas palabras torpes e insípidas escritas como testimonio anónimo en la niebla de la incertinidad. Libera su berrinche en las paredes mohosas con la esperanza de que alguien más lo descubra para que se extinga como todo su olor con el tiempo recobrado. Teme. Vuelve la piedra circular a ocultar la muerte en exilio, mientras se escucha al agua erigirse como muro invencible cerrar las dormideras de sus ojos que apenas se atreven a rozar la mañana, y tritura sus huesos con displicencia como última ceremonia solemne de auto de fe. Después del silencio turbulento, florecen las piedras de la burla inquietante y nadie puede cortarlas sin cercenar de una vez la mano saqueadora que cae abierta mendigando, cuando mucho, migajas corruptas en una trinchera solitaria de bestias sedientas que no corrieron lejos y agonizaron cansadas con la boca abierta. La venganza está abierta; es hoy, es ahora, es el adiós. Descanso el oído sobre el estiércol del mundo sin borde, ante la piedra de la memoria que yo mismo removí sin borrar mis propias huellas. Prefiero pasar inadvertido como viento bajo puerta dislocada, como insecto liviano que flota a ras del suelo y no termina de encontrar descanso sin desfigurarse. No temo a la plaga que se escapa de su boca y tropieza con los huesos punzantes al besar mi ceño fruncido en la muerte del día. Esta es mi piedra. Doy la espalda, y río con martillo en mano frente a mi templo en ruinas.

 

Jorge Campos
Noviembre, 2017

 


Imagen: Zdzislaw Beksinski 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s